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A lo largo de la historia, hasta entrado el siglo XX, pocas mujeres se destacaron en ciencias. Sin embargo las mujeres aparecen en la historia de las matemáticas ya en la Antigüedad. Después de Hypatia de Alejandría (370-415), transcurrió luego más de un milenio hasta que aparecieron en el siglo XVIII las francesas Émilie du Châtelet (1706-1749) y Marie Sophie Germain (1776-1831), la italiana Maria Gaetana Agnesi (1718-1799) y la escocesa Mary Fairfax Somerville (1780-1872). Ya en el siglo XIX, se destacó la inglesa Ada Lovelace (1815-1852), hija del poeta Lord Byron. Independientemente de los aportes, de mayor o menor valor, que cada una de ellas hizo a las matemáticas (y a la física), todas compartieron el mismo destino: la vocación irrenunciable por una ciencia considerada actividad exclusiva de los hombres, la imposibilidad de una educación formal por el mero hecho de ser mujeres, la voluntad, el talento y la perseverancia para autoeducarse, el haberse puesto en contacto, y en algunos casos colaborado con frecuencia, con los más destacados matemáticos contemporáneos, y, finalmente, el haber legado, a pesar de todas las dificultades, algo útil para el devenir de la ciencia.
Sofía Kovalévskaia (1850-1891) compartió con todas ellas la vocación, el talento, la dedicación y las dificultades, pero su figura se destaca porque fue la primera que luchó con denuedo por conseguir un título académico superior por méritos propios, la primera en obtener un doctorado en matemáticas y la primera en ejercer una cátedra universitaria en la Europa de la Edad Moderna. Fue además pionera en la lucha por los derechos de las mujeres, compartió los ideales progresistas de la intelligentsia rusa del siglo XIX, contribuyó a divulgar los adelantos científicos y tecnológicos de la época, y concretó, por último, otro de sus caros anhelos: ser reconocida como escritora. |
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Conocí su nombre a través del llamado Teorema de Cauchy-Kovalevski que se estudia en los cursos superiores de análisis matemático de la Licenciatura en Matemáticas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, donde me gradué, y pronto supe que ese nombre era en realidad Kovalévskaia porque en Rusia así se declina, para la mujer, el apellido del marido. Pero tardé mucho tiempo en descubrir, por casualidad, sus encantadoras Memorias de infancia y que su vida, demasiado breve, merecía ser contada.
Por eso la división en dos partes de este libro. En la primera constan sus Memorias de infancia (Vospominania detstva), las que le dieron fama y la consagraron como escritora. En la segunda, además de reseñar los acontecimientos más relevantes de su vida adulta, me extiendo sobre algunas de las obras de autores que ella y sus contemporáneos discutían y apreciaban, y comento las pocas que ella llegó a completar y algunas de las que quedaron inconclusas. Precede ambas partes una Introducción sobre la situación cultural y social de la Rusia de la segunda mitad del siglo XIX, los antecedentes de los siglos XVII y XVIII, y breves semblanzas de las personalidades más destacadas de esas épocas, a muchas de las cuales Sofía Kovalévskaia menciona en sus Memorias o que se relacionaron con ella de una manera u otra, a lo largo de su corta vida.
Ada Korn
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